ROBERTO BOLAÑO: EL PRIMER DETECTIVE SALVAJE

                                              

 

Por:  Rodrigo Jara Reyes

        

         

El primer personaje de la novela Los detectives salvajes nace en 1968, es  Roberto que llega a México D. F. a la edad de quince años. Recoge experiencias en la ciudad interminable y desde allí le da vida a lo esencial de su obra. El alma del autor se desgaja para conformar a los poetas detectives: Juan García Madero, Ulises Lima, y Arturo Belano. Este último, su reconocido alter ego, es un fantasma que desaparece y vuelve a aparecer en distintos momentos de su narrativa.

         Roberto actúa como un verdadero personaje de novela, un personaje atravesado por una ética inquebrantable, adquirida en la solidaridad de la pandilla de jóvenes artistas con quienes conformó el infrarrealismo, recorrió las calles del Distrito Federal, robó libros, luchó en contra de la poesía oficial. A partir de esos años de vida nómada, elaboró un testimonio irónico de lo que en Latinoamérica es un destino dedicado a la literatura. 

         Después de la experiencia mexicana, recorrió Centro América, California, París y otros tantos rincones del mundo. Terminó su periplo en Barcelona, ciudad de la que se enamoró y en la que se queda a desarrollar su oficio. Trabajó en cualquier cosa, su premisa pasaba por comer para seguir escribiendo. En alguna entrevista confiesa que  estuvo a un paso de la mendicidad, pero esto no le impidió luchar contra [CRA1] el enemigo invencible (¿acaso el materialismo mercantilista?), darle batalla limpia, aunque ello significase que lo encontraran muerto en cualquier terreno eriazo.

         Los detectives salvajes es una gran novela, no sólo por las virtudes estéticas o por el extraño sentido del humor que destila, también porque en los hechos que narra establece senderos, caminos y hasta carreteras que se conectan con la realidad, o más asertivamente, con la experiencia de vida del autor. Sin embargo, lo relatado en dicha novela no es historia sino ficción. No lo digo en términos peyorativos, porque la literatura nunca ha pretendido ser real en tal sentido. Aristóteles señalaba que la épica (equivalente a la novela actual) está más próxima a la filosofía que a la historia, y en tal sentido, un novelista sabe muy bien que la ficción puede alcanzar niveles de veracidad más altos que la verdad misma.

         Bolaño, alrededor de un esqueleto inventado, la búsqueda de la escritora desaparecida Cesárea Tinajero, agrega la carne, experiencias de vida que van conformando el universo narrativo de la novela. La vista de las avenidas del Distrito federal por ejemplo: “... y yo aproveché para contemplar el paisaje que se sucedía monótono en la ventanilla: las fachadas de la Juárez y de la Roma norte...”. Por otra parte, la voz de García Madero, es la de Roberto y de todos los poetas desamparados de América Latina que se comprometen con la literatura: “He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.” Muchos otros personajes, en la segunda parte del libro, aluden a sus experiencias con Ulises Lima y Arturo Belano. Uno de éstos, quizá el más patético de todos, Auxilio Lacouture, dice “Yo soy la madre de la poesía mexicana. Yo conozco a todos los poetas y todos los poetas me conocen a mí. Yo conocí a Arturo Belano cuando él tenía dieciséis años y era un niño tímido y no sabía beber...” De esta manera, va construyendo un mundo que se podría trocar por la vida misma, si la materia prima de aquel no fuera el lenguaje. ¿Qué se le puede pedir a un creador sino regalarnos, por unos momentos, un mundo con sentido, aunque fuese para perseguir a una escritora que, como Rimbaud, prefirió la noche cegadora del desierto?

         Bolaño, como decíamos, primero se convirtió en personaje y luego concibió la obra. El resultado de dicha fórmula, fue parir una de las mejores novelas latinoamericanas de nuestro tiempo. Señala J. A. Ugalde en El mundo: “Bolaño se desenvuelve de modo divertido, inteligente y sarcástico en esa variante literaria que es juego de espejos entre verdad y mixtificación, entre realidad e ilusión, entre hechos y conjeturas, entre personajes apócrifos e históricos...”. En efecto, la novela se desarrolla en un territorio de frontera, los límites entre lo real y lo ficticio no están definidos, eso le da a la obra un dejo de autenticidad y de consecuencia dignos de la mejor literatura.

         Por una parte, se compara Los detectives salvajes con “Rayuela” y por otra, se ha llegado a decir que es la novela que le hubiese gustado escribir a Borges. Este último señalaba en “Otras inquisiciones”, que una creación de esta naturaleza debe ser “un juego de vigilancias, ecos y afinidades”.  En efecto, la narración de Bolaño, se derrama en pequeños relatos con vida propia, pero lo suficientemente interrelacionados como para hablar de una obra compacta y bien terminada. En el caso de Rayuela, las analogías aluden a los personajes extremos, al exilio de latinoamericanos en Europa, y a la condición de novelas de vanguardia que se les atribuye a ambas obras.

         Quisiera recoger un juicio más abarcador, el de Jorge Carrión en The Barcelona Review: “Esa novela es, además de una lúcida disección del exilio y un divertido recorrido por la hiperbólica adolescencia... una parodia de la vanguardia, al tiempo que una novela realmente vanguardista y una enciclopedia de literatura...”. No olvidemos que Los detectives salvajes, obtuvo el premio Herralde de Novela (1998) y el Rómulo Gallegos (considerado el Nóbel latinoamericano), en1999. Estos premios catapultaron  para siempre al detective que, desde el principio, fue su autor.

 


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José miguel Varas, entre la tragedia y la comedia

 

El siguiente texto fue leído en la presentación del premio nacional 2006, José Miguel Varas, en la Sociedad de Escritores de Chile, el jueves 6 de agosto.

 

por Equipo Editor

 

José Miguel Varas es un escritor chileno que nace en marzo de 1928,  su primera publicación es de (1946) con dieciocho años, se trata de un conjunto de cuentos titulados “Cahuín”.

Desde sus inicios vinculó la literatura al trabajo periodístico -sus trabajos si se pudiera definir un hilo conductor- tienen una estrecha relación con la historia, con la memoria expresada en la búsqueda de relatos, personajes que se arman desde la vida misma o pueden ser entendidos como pequeños retratos hechos desde abajo, es el caso de Chacón como intento exitoso de biografía novelada del año 1967.

Las pantuflas de Stalin (1990), se instalan en otro registro, el de la crónica y nos muestra a un autor suelto, sin exageraciones a la hora de ajustar cuentas con su entorno.

En el caso de los sueños del pintor, texto que nos concita hoy,  estamos frente a una novela hecha según su autor a dos voces, por una parte la pluma de Varas acompañada de los sueños o pesadillas del pintor Julio Escámez.

La novela -como otras de su registro-  tiene sus fundamentos en datos reales, Julio Escámez, es un pintor que  nace en Antihuala en 1925, hijo de un español y una "antihualina", se traslada a Cañete, luego Concepción, para volver a trabajar en Cañete.

Fue amigo de Pablo de Rokha y Pablo Neruda (ilustrando sus libros Arte de Pájaros y Fin de Mundo).

Escámez es un hombre que recorre diferentes partes del mundo estuvo en:  Italia, Alemania, India, China y Japón.

Volvió a Chile con una alemana hija de nazis, mantuvo un romance tormentoso con Violeta Parra y en 1973 se fue exiliado a Costa Rica, donde aun reside.

Para Varas, es un personaje enigmático, se trata de un gran pintor, muralista, un conversador deslumbrante, capaz de generar historias francamente escalofriantes como divertidas.

Desde mi perspectiva, el texto se arma en las riendas de Varas, de hecho el propio autor reconoce que el libro terminó por distanciar una amistad de muchos años.

A mi juicio, el escritor logra en este texto situar con precisión al personaje:

La región era y es todavía un medio geográfico agreste, de clima húmedo y vegetación exuberante. Entonces estaba cubierta en gran parte por el bosque nativo chileno. Los agricultores hacían roces a fuego, es decir, grandes incendios controlados (teóricamente) para limpiar el terreno de árboles y dejarlo apto para sembrar trigo y otros cereales. Al subir hacia las montañas de la cordillera de Nabuelbuta aparecían inconcebibles extensiones de araucarias. En todas las laderas se alzaban sus ásperos troncos rectos y sus paraguas erizados de hojas en punta, duras como el acero, coronaban las cumbres. Hoy sólo quedan araucarias en los picos más altos y son cada vez menos, aunque fueron declaradas por ley “monumento nacional” y está prohibido cortarlas”.

El texto pareciera jugarse en guiños entre el reportaje y la biografía, encontrando en el protagonista ciertas claves superiores de lo que el premio nacional del 2006, ha buscado incesantemente en su vida literaria una cierta esencia de lo nacional”. 

Esta particularidad sin embargo, hay que develarla, no se encuentra  a simple vista, se hace necesario un esfuerzo de profundización y reflexión de los propios hechos, donde las descripciones son en sí mismas un juicio de valor:

“El pintor recuerda siempre las calles de su infancia, las casas de madera, pintadas de musgo por la humedad de los largos inviernos, otras cubiertas de láminas de zinc para defenderlas del penetro y de la lluvia, a menudo para disimular su ruina interior. Le llamaban la atención, sobre todo, las casas señoriales, de madera como las demás, pero cuyas fachadas lucían siempre remozadas y bien pintadas. De ella emanaba, como un olor o más bien una aureola visible, la pretensión. Aspiraban a mansiones. Las habitaban familias principales que constituían, por decisión propia, “La Sociedad”. 

En ese sentido, la obra de Varas es expresión de un problema que aqueja hoy en día fuertemente las relaciones entre sociedad y cultura o dicho sin tapujos,  entre política y literatura.

Entiéndase, no se trata de buscar en la obra del autor una propuesta revolucionaria o utópica de cualquier tipo, No. Es más bien la relación que se produce entre los campos culturales “alternativos” y el propio andamiaje de la sociedad que parece transitar por otros espacios  -porque al fin y al cabo- Escámez es un personaje en extinción, una suerte de libro en sí mismo que nos abre las puertas  a un Chile inexistente (no al de la ficción) al desaparecido, al que está bajo secuestro permanente.

Si se pudiera establecer una conexión entre Chacón y este texto, es el empeño del escritor por advertirnos de la existencia de “Otro Chile” en el primer texto hay un juego de imaginación, una apuesta de futuro, en el segundo un racconto, es decir, desde la experiencia del recuerdo, se cuestiona lo existente.

Varas, tiene además la virtud de expresar en sus textos el tránsito entre la tragedia y la comedia con una facilidad y sentido del tiempo literario que logra mantener al lector en una constante tensión.  

 “Cuando vino la gran crisis de 1929 a 1933, llegaron unos mendigos esqueléticos, llenos de piojos. La madre del pintor se apiadaba de ellos y calentaba comida para darles. La mayor parte de la gente les tenía miedo y los rechazaba. Se hablaba con espanto de la epidemia del tifus exantemático. Decían que los cesantes estaban infectados y que, para vengarse de los que no les daban nada, les disparaban piojos soplando unos canutos de papel a manera de cerbatanas”.  

 

José Miguel Varas, Nacido en Santiago en marzo de 1928, publicó su primer libro, "Cahuín", cuando sólo tenía 18 años, luego de lo cual inició una intensa actividad como periodista de la prensa escrita, radio y televisión.

Su obra literaria:

  • Sucede. Santiago, Chile: Pax, 1950.
  • Porái. Santiago, Chile: Ediciones del Litoral, 1963.
  • Chacón. Santiago, Chile: Talleres de la Sociedad Impresora Horizonte, 1968.
  • Lugares comunes. Santiago de Chile: Nascimento, 1969.
  • Historias de risas y lágrimas. Santiago, Chile: Quimantú, 1973.
  • La Voz de Chile. Moscú, URSS: Editorial de la Agencia de Prensa Nóvosti, 1977.
  • Las pantuflas de Stalin. Santiago, Chile: CESOC, 1990.
  • Neruda y el huevo de Damocles. Santiago, Chile: Editorial Los Andes, 1991.
  • El correo de Bagdad. Santiago, Chile: Planeta, 1994.
  • La novela de Galvarino y Elena. Santiago, Chile: LOM Ediciones, 1995.
  • Exclusivo. Santiago, Chile: Planeta, 1996.
  • Cuentos de ciudad. Santiago, Chile: LOM Ediciones. 1997.
  • Nerudario. Santiago, Chile: Planeta, 1999.
  • Cuentos Completos. Santiago, Chile: Alfaguara, 2001.
  • Neruda Clandestino. Santiago, Chile: Alfaguara, 2003.
  • Los sueños del pintor. Santiago, Chile: Aguilar Chilena de Ediciones, 2005.
  • El seductor. Santiago, Lom Ediciones, 2006.
  • Premio Consejo del Libro,  2007